Cómo una empresa puede nacer de una experiencia personal

Mi primer contacto con algo parecido a la meditación fue en 2011.

Vivía en Londres y después de una ruptura que me dejó en la mierda literal, mi madre me puso delante la posibilidad de hacer un curso que había ayudado mucho a una amiga suya durante una etapa traumática, peleando un cáncer. Se trataba del Método Silva. Y después de un fin de semana intensivo en un hotel de Madrid algo despertó en mí. Mentiría si dijera que fue la panacea y el fin de todos los problemas, pero sí que fue el principio de un autoconocimiento que me ha traído hasta aquí.

Hasta el momento, había coqueteado con el deporte, pero nada serio. Vivía esclavizada por las dietas, el efecto yo-yo y la lucha constante con la ansiedad que acallaba gracias al tabaco y al alcohol. Todo era renuncia, castigo y rechazo a mi misma. No sabía quién era pero tampoco que estaba perdida.

Resulta que hace pocos meses me hice un test genético que esclareció varias de mis tendencias y esa sensación de sentirme sobrepasada por mis impulsos. No poder controlar muchas de las cosas que hacía y cómo las hacía. Tengo varios genes “divertidos”, por llamarlos de alguna manera porque no son preocupantes, que fomentan que sea como soy. Para bien y para mal. Esa información me ayudó a entender mejor varias de mis facetas.

La información es poder, dicen. Lo corroboro.

No es ningún descubrimiento que en mi familia merodea una cierta tendencia a la depresión. No todos la sufren, solo unos pocos la hemos heredado.

Recuerdo que desde niña me he sentido desgraciada sin razones aparentes, insuficiente e incomprendida. Como si fuera una pieza que no encaja en el puzzle que me ha tocado vivir. Y es cierto que me sigue costando encontrar mi sitio en sociedad. No soy una persona tímida y uno de los rasgos que más aprecio de mi carácter es mi habilidad para crecerme ante la adversidad. Pero claro, esto tiene una doble lectura y es que nadie se da cuenta de lo que me pasa, lo vivo sola y en silencio. Y hasta hace relativamente poco ni siquiera yo era consciente de ello.

Esa parte de mi carácter, unida a que vivimos en una sociedad en la que no potenciamos, promovemos ni facilitamos la gestión emocional, me ha llevado a evadirme, evitar esos sentimientos, durante décadas. Esconderlos debajo de la alfombra e ignorarlos mucho y muy fuerte era lo más fácil o lo único que podía hacer para gestionarlos.

Pero la vida es sabia y está ahí para recordarte aquello a lo que no quieres enfrentarte pero que tienes que hacer. Hasta hace un par de años pensaba que esto era negativo, no era capaz de vislumbrar el mensaje que escondían estos acontecimientos que se repetían una y otra vez (la vida diciéndome: Ey, tú! No te vas a librar de esto. O te ocupas, o te ocupas).

Pero no quería verlo, así que seguía acumulando emociones ahogadas debajo de la alfombra, viviendo mi vida con esa careta puesta, esa Marta a medias. Porque no soy ni una ni otra.

De pronto la alfombra no dio más de sí y esas emociones empezaron a relucir pero a borbotones, sin orden. Ni ton ni son.

No sabía de donde venían, lo que significaban, ni qué podía hacer con ellas. Me ahogaban, me sobrepasaban y puedo decir que en más de una ocasión me sentía superada.

No me habían educado para hacerles frente, para digerirlas, ni siquiera para entenderlas. No tenía derecho a sentirme así porque lo tenía todo. No tenía derecho a quejarme ni a sentirme mal…

La ansiedad se hacía cada día más fuerte. El estrés me dominaba. Estaba todo el día de mal humor conmigo misma, con el mundo. Totalmente indefensa ante la avalancha que se me venía encima todas las mañanas cuando me despertaba.

Me centré en estar hacia fuera, en vez de hacia dentro y lidiar con lo que realmente sentía.

Y de pronto todo explotó.

Porque somos reflejo de todo lo que nos ocurre. A algunos les gusta llamarlo la ley de la atracción (que no olvidemos que funciona en ambas direcciones, tanto para llamar a lo bueno como a lo peor).

Empezó el proceso de tocar fondo, esta vez de verdad, hasta lo más profundo de mi ser. Y este es un proceso largo que ha durado años.

A la vez empezó el verdadero viaje hacia el autoconocimiento y la autoayuda.

Primero gracias al yoga. Empecé a tomar conciencia de mi cuerpo, de cada fibra de mi musculatura, de cada articulación, empecé a conocerme y a encontrarme tanto a nivel físico como emocional. A encontrar ciertos sentimientos, poco a poco y de manera muy muy sutil. Era como si empezara a escucharme por primera vez, de verdad, de manera real. Eso me llevó de una manera muy orgánica a plantearme las cosas de otra manera, en todos los ámbitos.

Y como somos parte de un plan superior a nosotros mismos, las cosas solo fueron a peor porque con el yoga había empezado a levantar inconscientemente la alfombra, dando los pasos necesarios para limpiar todo lo que llevaba acumulándose ahí debajo durante tantísimos años pero aún de una manera totalmente inconsciente así que imaginad el viaje…

Desde 2011, había intentando distintos tipos de terapia psicológica llegando incluso a la ayuda de fármacos para calmar la ansiedad que se apoderaba de mí y que me llevaba a lugares oscuros que preferiría no haber visitado.

Le di una oportunidad al budismo. Solía visitar un centro de meditación en Malasaña que me aportaba mucha paz y tranquilidad pero no era suficiente. Se me quedaba pequeño para lo que realmente necesitaba. Para sanar mi mente (tanto la física como la espiritual). Si estás habituado al término sabrás que tenemos dos mentes: la racional, nuestra cabeza y la espiritual que es nuestro sentir. Nos enseñan desde pequeños a utilizar la mente racional pero ¿y qué pasa con la mente espiritual? De nuestras emociones apenas nos hablan, por supuesto no nos enseñan a gestionarlas.

Esta etapa que duró varios meses, abrió otra ventana hacia la autoescucha, hacia mi interior.

Después de ir dando bandazos, una vez más la vida me puso delante la solución correcta y por fin encontré lo que realmente necesitaba.

Durante este proceso me he encontrado con personas maravillosas, siempre mujeres, que me han ayudado consciente o inconscientemente a conocerme mejor, a saber cuáles son mis puntos débiles, a trabajar en ellos para que no me dominen y a aprender a querer tal cual soy.

Primero con Mindfulness y después con procesos más profundos e intensos, la meditación se convirtió en un habitual de mis días. Esa semilla que había plantado tantos años atrás empezó a germinar.

Y fue entonces cuando vi la luz. Y aunque ni mucho menos puedo decir que mi proceso haya terminado, sí que supe que ese era el camino y entendí que quería compartirlo. Que tenía que ayudar a otras personas a entender lo que les pasaba y porqué les pasaba.

A romper tabúes, barreras, prejuicios y juicios, ideas preconcebidas y emociones escondidas.

Porque sincerarse con uno mismo es muchas veces lo más difícil pero una vez que lo haces las cosas empiezan a fluir de otra manera y empiezas a ver con mayor claridad.

No soy ningún ejemplo, no pretendo ser perfecta (mi venazo perfeccionista me pasa más de una mala jugada en muchas ocasiones), no quiero ser ninguna gurú, ni pretendo sentar cátedra pero sí que me gustaría dar visibilidad a este cambio que sé que muchos estamos viviendo en solitario y compartir mi experiencia.

Por fin me atrevo a darle voz a mis emociones, a mis circunstancias y a mi pasado porque ya no le tengo miedo.

Puedo decir con orgullo que esta ha sido la fuerza que ha hecho que The Holistic Concept vea la luz, así que solo puedo dar gracias a la vida porque ahora todo tiene sentido.

“Que el miedo no sea tu coach” me repite en muchas sesiones mi maravillosa acompañadora, Rocío Macías (una especie de coach personal para que nos entendamos todos).

Hola, mundo! 2019 allá voy.

#PracticaTuBienestar

**escrito por Marta Sánchez-Moreno

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